Las tardes del Sol

Así de a poco, los mates se van lavando, los palitos empiezan a volar, se golpean unos a otros y la espuma se hace agua tibia con reminiscencias a mate. Y en casa humilde, la yerba se estira, porque la prosperidad se mide en unos mates silenciosos alrededor de la mesa aunque sea con yerba secada al sol. No importa que sean amargos o dulces, el espacio del mate es un espacio sin ofensas. “Y cada siete mates un cachito de yerba pa’ que no se lave” le dice un viejo albañil a un peoncito quinceañero. Yo los escucho desde la vereda, los veo compartir ese momento a golpe de arena y revoque. Me sonrío por haber nacido argentino, sabalero, paraguayo o simplemente sudaka. Una vez traté de explicarle e inculcarle el amor por el mate a un europeo. “¿Es cómo un té que se toma con sorbete y a cualquier hora?” “¿Qué te acostumbras a él al punto de ser un adicto?” “Si, pero no es solo eso es mucho más. Como explicarte…” -Dije mientras le ofrecía un buen amargo con Rosamonte-. Tomó un par de mates pero después le agarró dolor de panza, cagadera y si bien no me maldijo en voz alta, les aseguro que sus entrañas si lo hicieron. Pero estoy seguro que por dentro se sintió feliz que lo hiciéramos parte de nuestra costumbre y le convidáramos un poco de nuestro verde noroeste para que lo chupara por una bombilla. El pasado no se transmite y creo que si el barcelonés hubiera estado tomando unos mates conmigo, mi primo y Raul de pibes alrededor del fogón, al lado del Arroyo Grande, fumando “Particulares” y cantando canciones de Figueroa Reyes probablemente se hubiera hecho adicto. A veces los mates tienen ese gustito a pasado que hace volver a sentir el humo del “Particular” y en cada chupada se nos revuelve el alma en la garganta.

Published in: on noviembre 30, 2011 at 2:31 pm  Comments (3)  

Abandonado

Un mar de espectros deambula por su psique y de una buena vez en su vida está lejos de todo, o mejor dicho está inmerso en todo pero poco le interesa ese todo. Una y otra vez recorre su mirada descifrando en las niñas de esa mujer los códigos de su propia vida. Uno a uno los símbolos van cayendo en su lugar y amoldándose perfectamente al mapa virgen del presente. Una mueca insondable de placer y deseo de acción embarga sus vidas. Ya no era una simple maquina de pensar y sentir sino que había conjugado las palabras con los músculos de sus manos. Como en el caso de los duraznos, para este momento ya tenia planes bien definidos. Ahora por fin y de una buena vez, pertenecía. No a un todo, sino a una sola persona.
Enciende un sahumerio de sándalo, comprueba la música. Aparentemente todo en orden. Solo queda esperar. Esperar y esperar. Entregar y entregar. ¿Qué mas quieren de él? El celular se mueve nerviosamente en sus manos. No quiere hablar. Tenía la certeza de antemano que el mundo no le iba a regalar ni siquiera un instante. Pero, ¿Regalar? ¿No había decidido accionar en vez de pensar? ¿Por qué está pensando solo? ¿Por qué se pregunta si ha mordido suficientes duraznos? Se decide, desbloquea el celular y escribe: “Todo es perfecto, excepto por tu ausencia”. Envía. Seguramente habrá reído de la frase, pensó “¡Que idiota!” y convirtió su grito desesperado en basura digital. Del otro lado, el pensamiento se convierte en la acción esperada, pero solo hasta cierto punto. Algo en lo recóndito de su alma le martilla las neuronas y el corazón. El golpe es leve, pero no imperceptible.
Sus ojos se han extraviado en una réplica de Münch, y desde lo lejos percibe compañía. Enciende un cigarro que explora su cuerpo como una bala inteligente. Vuelve a sentirse acompañado y hasta acosado. Una mano ejerce una placentera presión sobre su hombro derecho. Sabe quien es la causante, pero teme lo peor. Continúa fumando. La mano recorre su espalda y luego se dirige hacia la cabellera, la acaricia desenfrenadamente y a continuación se vuelve a posar sobre el hombro derecho. Cree que es la oportunidad de mostrarse con temor y seguridad ante un hecho simple. Gira su cabeza y observa lo que esperaba observar…

Published in: on marzo 25, 2011 at 12:40 am  Dejar un comentario  

Silencio marchito

El tiempo le asomaba entre los párpados.  Los meses se habían colado en su piel, alguna vez suave, y ahora su cuerpo entero era un frágil calendario.

Tenía el cabello almidonado de huellas grisáceas. Las nevadas de algún Abril de antaño habían quedado postradas en sus rizos inquebrantables. También sus pestañas se dibujaban de invierno, y sus cejas fruncidas eran claras como un amanecer aledaño. Un mar perlino había llovido en sus ojos y cubría delicadamente su iris tembloroso.

Los pliegues de su piel asimilaban renglones ausentes, y esa tarde me senté a leer su historia. Los años se escribían y describían en cada arruga débil que se acomodaba sobre su rostro cansado. Sus mejillas aún guardaban el ardor rojizo de una juventud que atesoraba en los recueros encrustrados en los repliegues de su cuerpo. Sabía que en toda su nívea piel se habían tatuado las memorias de su andar, y no necesitaba hojas para deletrearlas.

Era fácil descifrar las quimeras que inútilmente intentaban ocultarse en los surcos de sus labios. Por un momento los nombres de quienes los habían besado se escribieron en su boca como un ave de paso. Sus manos se vestían de cortezas, y ahí, en las hendiduras superficiales de sus dedos finos, se dejaba ver una leyenda que mis ojos indiscretos, placenteros espectadores, ojeaban sin detenerse.

Algo de su pasado, algo de los caminos que se habían grabado en su cabello, algo de los amores y desamores que descansaban distraídos en su espalda; quizás algo de los encuentros y las pérdidas que se recostaban en un letargo agridulce sobre sus uñas quebradizas. Algo de su piel de pergamino me había invitado a descubrir qué calles se enredaban en sus hebras desteñidas, qué cartas se escondían en su sien, qué palabras habían muerto en su garganta.

Esa tarde me sentí como una niña descubriendo una fábula escondida en una silueta mágica. Leí silenciosamente cada palabra ingenuamente escrita en su tez ajada. Ningún vocablo manó de su angostura, pero ese atardecer todas sus crónicas se dejaron ver en su talle marchito.

El tiempo le asomaba entre los párpados.  Su anatomía entera era un calendario sutil, finamente acomodado sobre el banquillo estático de aquella plaza. Sus manos curtidas y agitadas se posaban una sobre la otra. Algo de las sombras bajo sus pies me invitó a leer su semblanza discreta. Algo de su mirada distante llenó las páginas de una obra enmudecida, y toda su añeja poesía se imprimió en mis ojos desconcertados.  Y fue, sin lugar a dudas, la mejor que he leído.

 

Medjai-

Published in: on marzo 17, 2011 at 5:54 am  Comments (1)  

Génesis Arbórea

La necesaria y requerida reacción de lo inconsciente colectivo se expresa en representaciones formadas arquetípicamente. El encuentro con uno mismo significa en un principio el encontrarse con la propia sombra. Por otra parte, esa sombra es un paso angosto, una puerta estrecha cuya precaria angostura no puede eludir nadie que descienda a lo hondo del pozo. Pero hay que conocerse a sí mismo para saber quién se es, puesto que lo que viene después de la muerte es, inesperadamente, una ilimitada extensión llena de inconcebible imprecisión, en la que al parecer no hay ni fuera ni dentro, ni arriba ni abajo, ni aquí ni allá, ni mío ni tuyo, ni bueno ni malo. Es el mundo del agua, en el que flota, suspenso, todo lo vivo, donde comienza el reino del «simpático», del alma de todo lo vivo, donde yo soy inseparable y soy éste y aquél, donde experimento en mí al otro y el otro me experimenta a mí como al yo.”

C. G. Jung. Sobre los arquetipos de lo inconsciente colectivo

Medjai Dijo: “Es ese árbol. Todo su ser ramificado, toda su metálica naturaleza, todo su baile con el viento, toda su pureza y su reflejo en nuestras miradas hambrientas.
Ahí, en sus brazos rasgados, un hombre nos enciende el sueño con su último aliento de fantasía lejana. Él no sabe que en su letargo de muerto que nunca vivió nos encadena a nuestra inconfundible conexión.
Ni él ni el majestuoso cuerpo natura – su daga sedienta -, saben que en su silencioso secreto de atormentado suicidio, nosotros nos encontramos en un remolino de tristes delirios.
No, no es sólo ese árbol, ni todas sus raíces que, sin saberlo, preparaban armoniosamente la horca de nuestro hombre cansado.
Tampoco es sólo su baile de hojas ásperas besando el perfume del aire, ni las palabras escondidas en su corteza. Somos nosotros, nuestro tacto ausente, nuestros sueños que delicadamente se encuentran en los rincones de esta ciudad dormida. Somos los dos, alcanzándonos sin vernos, rozando la presencia, siempre sin llegar allá, siempre sin estar.
Son nuestros silencios, que en ese árbol, en esa caricia de la natura con el fin de todo dolo, se encuentran.
Son nuestros silencios, que en esa imagen, lo dicen todo.”

Quijote Dijo: “Todo se unía eternamente con babas transparentes en todos los espacios del tiempo. Eran sus ramas que limpiaban el horizonte, era el tabú de la muerte escondido detrás de una soga, eran las manos de la lluvia que se crispaban al reconocer nuestros cuerpos. No teníamos el deber de serlo, de inventarlo, de escucharlo, de sentirlo, sin embargo allí estábamos, con las mismas preguntas e idénticos hallazgos. Tal vez la danza de los estratos horizontales tenía un poco de este ingrediente místico destilado en los anales mas recónditos de la humanidad. No escapamos de nuestras casas para buscarnos, sino que esperamos sorprender nuestras miradas en la penumbra del destino. Estos tiempos quieren colocar sombreros metálicos sobre nuestras almas, pero cometemos el pecado de seguir experimentando la magia.

Somos nosotros hace mil años pero en este instante
somos viento, molinos, espesa transparencia, comisura de labios.
Somos profundamente animales, somos hermosamente humanos.

¡Bienvenidas Palabras!

Published in: on febrero 16, 2011 at 6:08 am  Comments (2)